Ya los libros eclesiásticos de Ojós año 1761, nos describen un Molino Harinero de una piedra situado en la huerta de abajo que muele con agua de la acequia unas setenta fanegas de trigo al año. Por tanto en un primer momento nos encontramos con un Molino Harinero que con el tiempo pasaría a convertirse en Molino de Esparto y más.

 

La industria del esparto fue para el Valle de Ricote y poblaciones cercanas como Cieza uno de los pocos medios para supervivir en épocas de gran escasez. Los saltos de agua de ríos y acequias eran la única fuente de energía posible en las zonas más deprimidas y de estas aguas, se recuperaron molinos y otros se adaptaron para usos industriales como los batanes, las serrerías, las almazaras, o las fábricas de luz, implantadas en zonas rurales para su desarrollo social y económico.

El molino de Abajo o molino del esparto se encuentra situado a unos 300 metros de la salida de Ojós en dirección a Villanueva del Segura junto a su carretera comarcal, paralelo a la acequia Ojós-Villanueva.

He aquí un trozo de la piedra encontrada de este molino

Encontramos la primeras referencias documentadas de los mazos en el artesano e inventor de Blanca don Antonio Molina Cano que construye dos batanes para el molino: “20 de marzo de 1919, Ojós. Para Pascual Gomariz”, “Construcción de dos bandas de mazos, con un local disponible de 3,50 metros de ancho, un eje de contramarcha de 4 metros y tres cojinetes”.

El último molinero fue Bartolomé Bermejo, arrendatario de Joaquín Payá (La Eléctrica del Segura, S.A.), que explotó los mazos de picar esparto. Según Francisco Banegas Buendía, «Bartolomé Bermejo instaló por encima del cubo, un molino de yeso entre el 1950 y 1953, aquello duró cuatro o cinco años. Y además, colocó una máquina de hacer estropajos en el almacén.»

Según las declaraciones de don Antonio López Loba, —último capataz empleado por Bartolomé Bermejo—, el molino tenía tres batanes. Se tenían tres turnos de trabajo de ocho horas, seis mujeres por turno. Apuntaba las horas de cada una y por cada día de la semana. Las dieciocho mujeres procedían de Villanueva, Ojós y Ulea. “Donde estaban los mazos no había ventanas, solo la puerta. La iluminación de la sala se hacía con una dinamo instalada en la otra sala, la del rodete». Las condiciones de trabajo de las mujeres eran pésimas e insalubres, un local cerrado sin ventilación y estrecho con una movilidad inferior al metro cuadrado, que a pesar de mojarse losmanojos de esparto en la balsa existente, habría gran cantidad de polvo de pequeñas partículas de las fibras de esparto machacadas y a escaso centímetros del golpeo de los mazos que inhalaban sin ninguna protección, solo un pañuelo en la cabeza, sufriendo enfermedades pulmonares.

El impacto intermitente de los mazos, posiblemente por encima del umbral sonoro (“por la noche no se podía dormir en Ojós” —declaraciones de vecinos—), dejaban sordas a las manipuladoras que estaban ocho horas seguidas en el batán. Cada mujer atendía sentada y agachada a dos mazos alternativos, la atención en el trabajo era extrema dado que tenían que meter con agilidad los manojos en las picaeras con el consiguiente peligro de pillarse un dedo o la mano, hechos que ocurrían, por lo que era de esperar que sufrieran algunas amputaciones. Los turnos de noche fueron los más peligrosos.

La mujer picaora estaba en la posición sentada y con los pies en la fosa, debiendo estar constantemente inclinándose hacia delante si era de pequeña estatura, y si era de más estatura tendría que retirar los glúteos hacia atrás y con la espina cóncava, de manera casi impertérrita. En otros casos cambiarían la postura, colocando la tapa de la fosa y sentándose con las piernas cruzadas mientras la espina dorsal mantenía erguido el tronco, todo ello, para evitar caer con la cabeza por delante del mazo. Por último, las obreras de los mazos, las picaoras, eran mujeres necesitadas que se vieron irremediablemente a realizar aquellos trabajos penosos, procedían de los estratos sociales más humildes.

El funcionamiento del Molino o su mal funcionamiento hacia que la acequia de Ojós-Villanueva perdiera agua y a veces mucha agua lo que ocasionaba grandes pérdidas y sus consiguientes quejas y denuncias de los regantes sobre todo de Villanueva. Así, cuando los regantes tuvieron la ocasión compraron el molino (Sociedad de Riegos La Esperanza-Ayala), demoliéndolo y rellenándolo de tierra y escombros. Y para no perder más agua colocaron un tubo directo a la salida del molino atravesando el cubo. Pero ciertamente, los nuevos propietarios pudieron haber dejado todo igual, y con poca inversión, tan solo limpiar el socaz de fangos y tobas, ya que no se trataba de hacer funcionar el molino si no de dejar pasar el agua por el corredor hacia el riego de la huerta sin más pérdidas.

 

JJ Banegas